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Mensajes de San Ignacio de Loyola a Clemente Domínguez y Gómez,
hoy el Papa San Gregorio XVII, Magnísimo

San Ignacio de Loyola
«Mis queridísimos hijos Carmelitas de la Santa Faz, y también continuadores míos, ya que a vosotros os ha correspondido luchar contra las herejías actuales. Vosotros habéis recibido también el depósito sagrado de los jesuitas; ya que los que aún siguen llamándose Jesuitas o Compañía de Jesús, en su mayoría han apostatado; pues están destruyendo mi Obra. Luego, en vosotros, deposito mi confianza, para confusión de los soberbios. PARA CONFUSIÓN DE LOS SABIOS Y PRUDENTES, LA ORDEN DE LOS CARMELITAS DE LA SANTA FAZ ES TAMBIÉN COMPAÑÍA DE JESÚS. Ya que, los que reparan la Santa Faz de Jesús, son sus auténticos compañeros. No es casual que el Ángel que me dirigía, dirige ahora a vuestro Fundador y Padre General.
No olvidéis que estáis en el lugar de mi conversión. En esto debéis meditar mucho. La conversión debe ser vuestra Cruz de guía en el camino. Es necesaria una auténtica conversión, renunciando al mundo. Hay que dejarlo todo por amor a Cristo. Para este gran trabajo contáis con mi ayuda, invocándome con frecuencia, como uno de vuestros Patronos.
Mirad a la Compañía de Jesús como se comportaba años atrás. Eran siempre los más preparados, los mejores directores espirituales. Y siempre muy educados, y siempre perseguidos por la sociedad, contándose, entre los enemigos feroces, a los Masones. En cambio ahora, la Compañía de Jesús, tiene amigos en todas partes; porque los Masones se han infiltrado en ella; comenzando por el traidor del actual Prepósito Padre General, Padre Arrupe, el cual está aniquilando la Orden; el cual tiene muy buenas relaciones con los países del Telón de Acero.Es necesario que, en vuestras lecturas, ocupe un buen lugar las obras de la Compañía de Jesús, ya que vosotros sois los continuadores.
Por indicación de Su Divina Majestad, Nuestro Señor Jesucristo, en la Orden de la Santa Faz debe imperar una Regla obligatoria de leer todos los días una parte de los Mensajes de El Palmar, dado a vuestro Fundador y Padre General. 

Es una pena que perdáis el tiempo leyendo otras apariciones, a veces dudosas, y no conozcáis la grandeza mística de vuestro Fundador; el cual, aunque tiene muchos defectos e imperfecciones, vive en un altísimo grado místico. Puede ser contado en el número de los místicos que han recibido mayores gracias. Es una pena que viváis junto a él y no aprendáis. Siempre en todas las Órdenes Religiosas se ha meditado sobre la vida de su Fundador. ¡Pensad! ¡Meditad! ¿Qué aparición hay tan grandiosa como la de El Palmar de Troya? No la encontraréis en ningún otro lugar. A esta Obra de El Palmar sólo supera la Vida de Cristo, transcurrida en Tierra Santa.

Yo os prometo mi continua intercesión ante el Trono de la Santísima Virgen María, para el bien y prosperidad de la Orden de los Carmelitas de la Santa Faz; llamada, también, los Crucíferos, y, también, la Compañía de Jesús. Invocadme y encontraréis mi auxilio como Patrono. Os bendigo».

Biografía de San Ignacio de Loyola

31 de julio

Presbítero. Religioso. Fundador. Patriarca. Doctor. Gran Místico. Protector de los Carmelitas de la Santa Faz.
Fue uno de los magnos pilares de la santa reforma católica en una época de grandes herejías y corrupción de costumbres. Nació en Loyola-Guipúzcoa, España, el 25 de septiembre del año 1491, en el seno de una noble familia. Era el último de los trece hijos de Beltrán Ibáñez de Oñaz y Loyola y de Marina Sánchez de Licona. Recibió una educación profundamente católica. Su fogosa juventud, junto con sus ansias de gloria, le impulsó a llevar una vida mundana. Era de carácter recio y valiente, muy animoso para emprender cosas grandes, e ingenioso y prudente.
En 1517, abrazó la carrera de las armas, y entró al servicio del virrey de Navarra, el duque de Nájera, distinguiéndose por su valor y pericia militar. En el año 1521, luchó contra los franceses cuando estos invadieron Navarra para arrebatársela a la corona española, y fue herido en una pierna por las tropas enemigas en la defensa de Pamplona, las cuales fueron completamente derrotadas por los ejércitos españoles. A consecuencia de la herida tuvo que sufrir curas muy dolorosas, pues los huesos desencajados tuvieron que ponérselos en su sitio, sin que hablara palabra alguna, ni mostrara otra señal de dolor que apretar mucho los puños. Para que las piernas resultasen iguales, se hace cortar el hueso, para lo cual le quisieron atar, pero se opuso. Luego hubo que alargarle la pierna en una especie de caballete o potro. 

Los resultados de esta providente herida fueron para él trascendentales. Durante su convalecencia, la lectura de libros ascéticos y biografías de santos, y su correspondencia a las gracias de Dios, le movieron a cambiar sus ideales, para entregarse al servicio de Cristo y de la Iglesia. Y decía: “San Francisco hizo esto, pues yo lo tengo de hacer. Santo Domingo esto, pues yo lo tengo también de hacer”.

Hombre de carácter férreo y de indomable voluntad, apenas repuesto, en 1522 hizo una peregrinación al santuario de Montserrat en Barcelona, en donde cambió sus vestidos de caballero por un tosco sayal de peregrino, y juró consagrar su vida al engrandecimiento del Catolicismo. Después se retiró a una cueva de la cercana población de Manresa, entregándose a largas horas de oración y a rigurosa penitencia. Después, tras breve estancia en Roma, Italia, se embarcó para Tierra Santa, llegando a Jerusalén en septiembre del mismo año 1522. Aquí comunicó a los franciscanos su deseo de fundar una asociación, que extendida por toda la tierra, contrarrestara la impiedad y la herejía. Los franciscanos le trataron con frialdad, e incluso le prohibieron permanecer en Jerusalén. A su vuelta a España en 1524, comenzó los estudios eclesiásticos para luego ser ordenado Sacerdote. Tras dos años de estudios de latín en Barcelona, en 1526 se dirigió a la Universidad de Alcalá de Henares-Madrid, en donde comenzó sus estudios de filosofía. Cuando estudiaba en Alcalá de Henares, sospecharon que era uno de los alumbrados fanáticos, que envueltos en supuestas revelaciones divinas sembraban los más absurdos errores. 

Denunciado a la Santa Inquisición, fue procesado y encerrado en una cárcel cerca de dos meses. Reconocida su inocencia, San Ignacio pasó de Alcalá a la Universidad de Salamanca, para continuar sus estudios, en donde fue también acusado, procesado y encarcelado durante veintidós días. Absuelto por las autoridades eclesiásticas, dejó aquella Universidad y se dirigió a la de la Sorbona de París, Francia, en la que también fue acusado de hereje oculto, procesado y absuelto. En el Colegio de Santa Bárbara de la universidad parisina completó sus estudios de filosofía y Teología, licenciándose en 1534. En dicho colegio compartió habitación con dos compañeros de estudio: San Francisco Javier y San Pedro Favre.
En París llegó a reunir en torno suyo seis compañeros, que formaron el núcleo de la asociación que desde hacía tiempo soñaba. Estos eran: El español San Francisco Javier, el saboyano San Pedro Favre, los españoles San Diego Laínez, Alfonso Salmerón y Nicolás Bobadilla, y el portugués Simón Rodríguez. El 15 de agosto de 1534, en una capilla de Montmartre, hicieron los votos de pobreza y castidad, a los que añadieron el de ir a Jerusalén para entregarse a la conversión de los infieles. Para ello, deberían esperar en Venecia durante un año la embarcación, y si no se presentaba la ocasión, se pondrían a las órdenes del Papa, pues su virtud preferida era la obediencia. En enero de 1537, ya se encontraban en Venecia, pero dada la guerra entre esta república y los turcos, no pudieron embarcar, por lo que se dirigieron a Roma a ponerse a disposición del Romano Pontífice, por entonces San Pablo III Magno. Durante su estancia en Italia aumentó el número de sus compañeros. Cristo inspiró a San Ignacio la idea de transformar la asociación por un instituto religioso, y se decidió a trabajar por su aprobación. Fue ordenado Sacerdote en 1537. A mediados de 1538, la asociación tomó el nombre de Compañía de Jesús. El Papa San Pablo III, dio su aprobación a la nueva Orden Religiosa el 27 de septiembre de 1540, fecha oficial de la fundación de la Compañía de Jesús, y San Ignacio fue proclamado general de la nueva Orden en 1541. Además del tercer voto de obediencia, indispensable en la vida religiosa, San Ignacio añadió un cuarto voto: El de obedecer absolutamente al Sumo Pontífice en cualquier trabajo que quisiera mandarles, por lo que los jesuitas se constituían en soldados al servicio del Papa. Su forma de vida era la de los clérigos regulares, pero con matices distintos en la forma de realizar el apostolado. Pronto, el Santo Fundador, envió a sus hijos a trabajar entre los fieles y también en la conversión de los infieles, comprendiendo bajo este último nombre, no sólo a los idólatras y mahometanos, sino a todos los que se separaban del Catolicismo. 

San Ignacio excluyó de sus hijos las dignidades eclesiásticas, salvo que hubiera que admitir alguna por orden expresa del Papa. La labor de la Compañía de Jesús fue extraordinaria, no sólo por Europa, sino por China, Japón, India, las colonias españolas de América, etc. Su obra apostólica y cultural transcendió enormemente, y fue un instrumento eficaz en manos de la Iglesia para la realización de la verdadera reforma, la contención del avance del protestantismo y la reconquista de algunos territorios invadidos por la herejía. Con la fundación de la Compañía de Jesús, San Ignacio contribuyó a la reforma católica con dos elementos importantes: Una espiritualidad recia y la educación cristiana. El fin principal de la Compañía era la mayor gloria de Dios, a la que se debe aspirar mediante la santificación personal y la del prójimo.
San Ignacio de Loyola murió en Roma el día 31 de julio de 1556. Fue Beatificado por el Papa San Pablo V Magno el día 17 de julio de 1609.